Lugares de reunión político DC

SANTO DOMINGO – En una reunión del Comité Político del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) convocada para este jueves se conocerá sobre las renuncias de varios de sus miembros y del Comité Central, informó el secretario general, Reinaldo Pared Pérez. Dijo que de acuerdo a los estatutos del partido morado, ese tipo de decisión […] Presidente DC tras primera reunión con FA: 'Tenemos puntos de acuerdo en materia de defensa de derechos sociales' ... sea más protagonista desde el punto de vista político en conducir este diálogo, en generar esos espacios a que en definitiva nuestra institucionalidad democrática sea capaz de adaptarse as las particularidades, a la cultura ... Entre 2009 y 2019 retrocedió 27 puestos en el ranking, del 116º al 143º. El segundo que más retrocedió fue Siria, que cayó 23 lugares, de 134º a 157º. Entre las tendencias más alarmantes se encuentran el retroceso de la libertad de expresión, de reunión y de asociación en casi todo el mundo. por Centro de Periodismo Investigativo (Joel Cintrón Arbasetti y Carla Minet) Cuando la junta de control fiscal de Washington DC estuvo en funciones, entre 1995 y 2001, tomó el control del distrito escolar, no renovó el contrato del superintendente de escuelas y en su lugar, nombró a un general del ejército. Aunque entró a presidir… WASHINGTON – Fue el segundo de Dinetta Gilmore el proceso de destitución Rally dentro de las 12 horas.. Después de unirse a cientos de manifestantes en Times Square de la ciudad de Nueva York el mes pasado en vísperas del Voto de juicio político, el nativo de Brooklyn empacó una bolsa llena de banderas caseras de 'Reclamando mi país' y tomó un autobús a las 2 a.m. para llegar a ... Washington D. C. es la capital de Estados Unidos y oficialmente se denomina Distrito de Columbia.La ciudad se encuentra a orillas del río Potomac. La ciudad es sede del Banco Mundial, el FMI, la OEA y es la ciudad más representativa en el aspecto político del país norteamericano.. En el espacio de la ciudad hay una gran variedad de monumentos, museos y otros sitios turísticos.

"La Historia Oculta de la Transición" sobre Rodolfo Stange

2020.08.19 23:30 macana144 "La Historia Oculta de la Transición" sobre Rodolfo Stange

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LA GUERRA VERDE
General —le dice Luciano Fouillioux al director de Carabineros, Rodolfo Stange, mientras el helicóptero se desliza por la soleada mañana de la Sexta Región, en dirección al Cachapoal—, ya habrá visto que la prensa está anunciando que el fallo del ministro Milton Juica en el caso de los degollados está por salir. Aunque se trate de carabineros en retiro, sería bueno que nos reuniéramos para ver las posibles consecuencias de esto.

—Cómo no —dice el general—, me parece una buena idea.

Fouillioux lleva 14 días como subsecretario de Carabineros, un cargo al que llegó después de haber trabajado en la campaña de Eduardo Frei al lado de Edmundo Pérez Yoma, y todavía no imagina la crisis que está por desatarse. En realidad, nadie en el gobierno la vislumbra, aunque un manto de desconfianza ha comenzado a rodear las relaciones con el general Stange desde que los hombres de La Moneda creyeron sorprenderlo en una maniobra para mantener de facto a su subdirector, el general Alfredo Núñez.

En el intertanto, Fouillioux ha tratado de tender puentes hacia el mando de Carabineros para superar esa tensión inicial, y tal vez por eso esta mañana, la del 25 de marzo de 1994, el general Stange lo ha invitado a inaugurar el nuevo cuartel policial de Quinta de Tilcoco.

Y como a Stange le interesa la propuesta del subsecretario, en la mañana del lunes 28 lo recibe en su despacho de calle Zenteno. Pero ahora abundan las versiones acerca de que la resolución del ministro Juica involucrará también al general director en la sórdida trama de los crímenes ejecutados en 1985, que figuran entre los más despiadados de la historia.

—General —dice Fouillioux—, habrá visto lo que se dice ahora...

—Sí —dice Stange, con cierta desaprensión—, pero no hay nada de esto. No se preocupe, porque mis asesores ya me han dado las seguridades de que yo no vengo en las resoluciones del ministro.

La seguridad del general conduce el diálogo hacia el problema de qué hacer ante las probables condenas de los otros oficiales envueltos. Aunque ya están en retiro, Stange se muestra complicado por esas inculpaciones. Por mucho que se sostenga que no hay envolvimiento institucional, es un hecho que se ha mantenido en contacto con ellos, que los ha apoyado en su defensa y que resiente las acusaciones de abandono que algunos de ellos le formulan.

El subsecretario entiende; el mando jerarquizado supone también un compromiso con los subalternos. Por eso empeña su prudencia cuando le propone que Carabineros realice una declaración reconociendo la gravedad del delito. Stange queda de pensarlo. Al día siguiente responde que los generales rechazan la idea. “Están un poco duros en esto”, agrega.

Lo que el subsecretario no sabe es que las confianzas están quebradas hace ya mucho tiempo en Carabineros a propósito del caso de los degollados. Varios de los procesados se han acogido a la ley de arrepentimiento eficaz y algunos miran con ciego rencor la pasividad del mando para investigar el asesinato del coronel Luis Fontaine, el principal de los acusados en su condición de ex jefe de la Dicomcar. Peor todavía: uno de los jefes implicados, el mayor Guillermo González Bettancourt, ha grabado una reunión en la que Stange les explica el apoyo clandestino que les prestará y los insta a ocultar información ante el juez. Juica ha interrogado al general sobre la cinta y Stange ha reconocido su participación, explicando el contexto en que se dio y negando que quisiera obstruir el trabajo de la justicia.

Pero Juica no le cree. Y aprecia que, en todo caso, más allá de su opinión, hay una verdad lapidaria: el mando policial no ha mostrado el menor interés en investigar los crímenes.

En verdad, el general Stange podría difícilmente ignorar la opinión del ministro
Juica. En fecha tan anterior como 1992, ya tuvo la certeza de que el juez se dirigía no sólo contra los autores materiales de los asesinatos, sino también contra los mandos superiores por su nula colaboración en el proceso.

A fines de marzo de aquel año, cuando Juica se aprestaba a dictar sus primeras encargatorias de reo, el general inspector Mario Morales realizó una discreta gestión destinada a saber si, como se rumoreaba en ambientes judiciales, el ministro podría involucrar al general director. Cuando algunos abogados se lo confirmaron, el general eligió un domingo para ir, vestido de riguroso civil, a ver al propio ministro a su casa de calle Lyon.

Juica fue crudo. Había perdido toda confianza en Stange desde que, habiéndole dado la justicia la posibilidad de investigar él mismo los crímenes, se había iniciado una amplia opera­ción de encubrimiento con obvia anuencia de los superiores: negativas para presentar a los sospechosos, ocultamiento de documentos, destrucción de recintos, extravío de vehículos e incluso instructivos para que los hombres concurrieran a declarar con disfraces. No, le dijo el ministro a Morales, no se podía seguir hablando de inocencia: Stange debía ser procesado por obstrucción a la justicia.

Morales informó al general subdirector, Gabriel Ormeño, y habló luego con el ministro Enrique Krauss. El procesamiento del general director, le dijo, y su eventual destitución por ello, significaría que numerosos generales, incluido él mismo, se verían forzados a renunciar. Krauss, que calibró la gravedad de la crisis en un momento en que el Presidente Aylwin estaba fuera de Chile, habló con Juica. El 2 de abril de 1992 el ministro en visita dictó encargatorias de reo contra trece carabineros, incluyendo al anterior general director, César Mendoza. Stange no apareció en la nómina.

Stange conoció las gestiones por Ormeño. Se había salvado en el filo. Pero cuando el mismo general Morales declaró a los periodistas que sentía estupor y dolor por el hecho de que se confirmara la participación de policías en los asesinatos, Stange se encargó personalmente de reprocharle el desprestigio que causaba a la institución. “Los generales opinan que usted nos está poniendo de rodillas”, le espetó.

Morales comenzó a entrar en una extraña situación. Había hecho casi toda su carrera de oficial superior, desde teniente coronel hasta general inspector, como jefe de gabinete de Stange y su pequeño grupo de ayudantes había reducido a cero la influencia del otrora poderoso Consejo Asesor Superior. Sin embargo, desde 1986 —un año después de asumir ese puesto— había estado en la mira de los servicios de seguridad y la CNI había emitido informes oficiales que lo sindicaban como filo DC. Las acusaciones no le hicieron mella bajo el sólido paraguas de la Dirección General, pero sabía que la parte más sombría del régimen militar lo estimaba peligroso. Paradójicamente, la misma influencia hizo que el gobierno de Aylwin lo considerase como el “duro” en la sombra de Carabineros durante toda su fase inicial. Pero en 1992, en lo que pareció una obvia preparación para sucederlo a la hora de su retiro, Stange lo trasladó a la Dirección de Orden y Seguridad, donde Morales, académico y sofisticado, trabó rápidamente una relación de confianza con Krauss y el subsecretario Belisario Velasco.

Cuando formuló sus declaraciones sobre el caso de los degollados, Morales ya estaba bajo la sospecha de ser demasiado cercano al gobierno, una versión que parecía alentada con especial empeño por su superior inmediato, el general inspector Alfredo Núñez, que ya era candidato a ocupar la Subdirección si ella quedaba vacante. Ni las gestiones ante Juica y Krauss ni los puntillosos informes al general Ormeño modificaron ese panorama. Peor aún, el propio Ormeño, que hasta entonces era considerado el más cercano a Stange, entró en una rarísima posición de soledad, como si el solo conocimiento de los hechos lo hubiese tocado con la desconfianza.

En octubre del mismo año, los generales se enteraron, por consultas directas del ministro Krauss —que incluso les mostró el oficio—, que Stange había propuesto el pase a retiro de Ormeño, Morales y el general Fernando Cordero, amigo de escuela de Morales y primo de Krauss. Sin embargo, cuando se lo preguntaron, Stange dijo que no había tal cosa.

Ante la inaudita situación, y aprovechando su relación casi diaria, Krauss le anunció a Morales que el gobierno rechazaría su retiro. Morales dijo que en tal caso sería mejor que tampoco se fueran Ormeño y Cordero, un gesto que Krauss debió agradecer por la defensa de su primo, que él no podía hacer. Pero cuando el ministro conversó con el Presidente, llegaron a la conclusión de que no podrían mantener forzadamente a un subdirector; por lo demás, tampoco confiaban en Ormeño, a quien identificaban como cabeza del lobby que había impedido el traspaso de Carabineros al Ministerio del Interior.

El lugar de Ormeño fue ocupado por Núñez. Morales siguió activo, pero fue transferido al Consejo Asesor Superior, el órgano que él mismo había contribuido a anular. En los meses siguientes soportó un callado infierno: seguimientos, sumarios, anónimos y rumores sin fin. Como el tercero en la línea de mando, a fines de 1993 podría asumir la Subdirección, puesto que Núñez completaría su tiempo de servicio. Pero, entendiendo que en tales condiciones sería inviable, anticipó su retiro voluntario para noviembre de ese año.

En cualquier caso, Stange supo lo que opinaba Juica. Por eso ahora, en 1994, su confianza resulta doblemente extraña.

(En 1998, cuando el Presidente Frei proponga al ministro Juica para ascender a la Corte Suprema y la derecha se alinee para tomar venganza por el proceso a Stange, el general (R) Morales, ahora director de Gendarmería, le recordará al ex director general y ahora senador el favor prestado por Juica en 1992. Stange se retirará de la sala y no participará en la votación contra el juez.)

En la tarde del miércoles 30 de marzo de 1994 el gobierno recibe los detalles del fallo que Juica dictará al día siguiente: además de sentenciar a 15 carabineros y un civil, propone el procesamiento, a través de la justicia militar y por incumplimiento de deberes militares, de dos oficiales superiores y cinco generales, de los cuales el único activo es Stange.

La primera crisis de gran magnitud provoca un movimiento frenético en el gobierno de Frei. El comité político se reúne en la mañana del 31 con el Presidente y con un grupo de abogados y acuerda la estrategia oficial: defender la soberanía de las decisiones judiciales y confirmar la prescindencia del gobierno. La declaración es redactada durante la reunión y Germán Correa recibe el encargo de leérsela al general Cordero. Y el subdirector de Carabineros, asesorado de cerca por el general inspector Manuel Ugarte, pide algunos cambios de tonalidad y sugiere ciertas líneas.

Stange se ha ido a pasar el fin de Semana Santa a su fundo en Puerto Montt, a orillas del Maullín. En la tarde partirá a Huelmo, en la misma zona, el ministro
Pérez Yoma. Stange lo ha invitado a tomar té el viernes 1º: ahí podrán conversar más libremente de este problema.

Cuando la declaración ya ha sido afinada con Cordero, los ministros concuerdan en leer el texto y no responder preguntas. Lo hará el ministro Correa. La protesta sotto voce del director de Comunicación y Cultura, Pablo Halpern, cae en el vacío: el ministro secretario general de Gobierno, Víctor Manuel Rebolledo, tiene un avión a la espera en Cerrillos para llevarlo a la ceremonia de aniversario del diario El Día de La Serena.

Pero justo antes de bajar a enfrentar a los periodistas, Correa advierte que hace pocos días ha habido un incidente porque el subsecretario Velasco se negó a responder preguntas y los periodistas de “La Copucha”, la sala de prensa del palacio, se han rebelado. En un caso como éste, dice, será imposible no contestar. Y la pregunta más obvia será si el gobierno pedirá la renuncia a Stange. Lo que puede responder, agrega, es que no tiene esas atribuciones y que el general debe evaluar con su conciencia la situación, siguiendo la tesis, ya concordada, de que hay que dejarlo en la estacada.

La conferencia de prensa se desarrolla exactamente según lo previsto y Correa agrega a la declaración su ensayada respuesta. Al concluir, llama al general Cordero y le describe la conferencia, incluyendo el añadido.

—¿Qué le parece, general?

—Por lo que usted me dice, ministro —expresa Cordero—, creo que no debería haber problemas. Estoy con varios generales aquí, que lo han oído por el citófono abierto, y piensan lo mismo.

Correa deja el ministerio a las 21.30. Es el último. Todo está resuelto.

A sus espaldas estalla una tormenta. El general Stange, informado en Puerto Montt de los detalles, considera la respuesta de Correa como una provocación para insinuarle la renuncia. Una nueva declaración toma forma, con un rechazo a las palabras del ministro y un respaldo cerrado al jefe. La leerá al día siguiente el mismo Cordero, rodeado de todos los generales. Y cuando Stange regrese a Santiago, lo irán a buscar en masa al aeropuerto.

El té con Pérez Yoma queda cancelado.

El lunes 4 de abril el comité político se vuelve a reunir. Parece que sus bríos se hubiesen renovado tras el fin de semana largo. Sólo Correa protesta porque en esos días se ha quedado incomunicado de los demás ministros. En el acalorado debate se separan posiciones: Pérez Yoma y el canciller Carlos Figueroa opinan que se debe exigir a Stange su renuncia tras el acto limítrofe con la insubordinación realizado por sus generales; Correa y Genaro Arriagada se muestran más prudentes: no se puede hacer eso sin tener las facultades; Rebolledo tiende a compartir esta última posición. Pero el clima emocional del episodio los envuelve a todos. Con su vehemencia usual, Pérez Yoma toma el teléfono y llama al subsecretario Fouillioux:

—Cítame a Stange para las 3 —brama, y luego murmura—: le vamos a pedir la renuncia...

—Pero, Edmundo —alcanza a decir Fouillioux—, ¿tú crees...?

—Nada. Cítamelo no más.

A las 15 horas, Stange llega a las oficinas de Pérez Yoma, que lo recibe a solas. La situación es muy mala, general. La acusación del ministro Juica es de una gravedad tremenda, y más encima sus generales han sacado esta declaración insolente, y montado un show, primero al leerla y después en el aeropuerto. El gobierno, empezando por el Presidente, cree que debe renunciar.

Stange se defiende con dificultad. El ministro lo advierte abrumado, respirando con dificultad, como si la arritmia que sobrelleva se agudizara. Le parece que está a punto de acceder. Pero de pronto, con germánica bonhomía, Stange le pide tiempo para meditar hasta el día siguiente.

Esa tarde, Pérez Yoma regresa a La Moneda convencido de que la crisis dará al gobierno un triunfo resonante.

—Está listo —anuncia—. Sólo falta que Eduardo le dé el empujoncito.

Pero a la misma hora, Stange ha iniciado consultas con el auditor de Carabineros, Carlos Pecci, y con el abogado Pablo Rodríguez, recién contratado para su defensa en los tribunales. Ambos creen que una dimisión en estas circunstancias equivale a una autoinculpación, y que debilitaría en forma decisiva la defensa judicial.

A primera hora del martes 5, Stange ordena llamar al jefe de la Agenda Presidencial, Miguel Salazar, para que se le facilite la sala de prensa y un podio para dirigirse a los periodistas tras su encuentro con el Presidente. Salazar rechaza la idea, y lo respaldan Rebolledo y Halpern: esa tribuna es para ministros y subsecretarios, y además en este caso hay demasiados riesgos envueltos. Pero Pérez Yoma y Fouillioux están convencidos de que la petición confirma que Stange anunciará su dimisión, e insisten en que se le faciliten las cosas.

A las 9.30 lo recibe el Presidente. El general inicia el diálogo con un extenso balance sobre su período al frente de Carabineros, el modo en que el Cuerpo ha contribuido a la reconciliación y los planes que tiene para el futuro cercano. Luego explica su posición ante el proceso de los degollados y por qué considera injusta la imputación de Juica. Añade que está seguro de que finalmente será exculpado.

Frei responde que el gobierno estima demasiado grave el cuadro que se ha creado. Pero el diálogo avanza con lentitud y ambigüedad entre los dos hombres poco verbales. Por fin, cuando Frei plantea la posibilidad de la renuncia, Stange responde que no puede hacerlo hasta que no demuestre su inocencia. “Y vendré a verlo después, para ver si opina lo mismo, Presidente”.

Después de 80 minutos, Stange sale del despacho y pide un baño para refrescarse. Mientras se encamina a la sala de prensa, el Presidente llama a Correa y le informa de la negativa del general. Demudados, los ministros se reúnen a esperar lo que Stange dirá a los periodistas. Y sienten vértigo cuando lo oyen declarar:

—Yo-no-re-nun-cio.

Se ha declarado la guerra. En su siguiente encuentro, unos días después, Pérez Yoma se lo dirá en términos brutales a Stange, con gritos que quebrantarán los sutiles tabiques de su gabinete:

—Usted, general, no sólo fue a orinarse en la casa del Presidente, sino que además a hacerlo con ostentación.

—No era la intención, ministro, cómo se le ocurre —dirá Stange, afligido—. Si se ha interpretado así, me arrepiento de veras.

—Mire, general: yo no le creo. Conmigo, desde ahora ya sabe a qué atenerse. No se lo voy a perdonar.

Los jefes policiales perciben en la misma noche del 5 que la situación es crítica. Un general, Osvaldo Muñoz, llama al diputado Aldo Cornejo, que es estrecho amigo de un hermano del general Ugarte, para pedirle que interceda ante el gobierno. Más tarde, el general Cordero opta por un acercamiento más frontal y le pide al subsecretario Fouillioux que se cree una mesa de conversaciones, ojalá con él mismo.

Pérez Yoma autoriza el paso y a partir del miércoles 6 Fouillioux y el jefe del gabinete político del ministro, Gonzalo García, inician una ronda de extenuantes reuniones con los generales Cordero, Ugarte y Pecci. En la noche de ese primer día, la propuesta oficial de que Stange tome vacaciones hasta conocer el dictamen definitivo de la justicia y luego pase a retiro es aceptada en principio. Pero Stange duda y pide tiempo para reflexionar.

El viernes 8 responde: no. Los negociadores del gobierno, exasperados, amenazan a Cordero con sacar la crisis a la luz pública e incluso exponerse al Consejo de Seguridad Nacional. Esa noche les llega el oficio que informa que Stange toma vacaciones por 30 días a contar de esa fecha. Pero no hay compromiso de renunciar. El mando subrogante queda en manos de Cordero.

Mientras los 30 días vuelan, el gobierno se enfrenta al riesgo de quedar de nuevo sin solución. Fouillioux se empeña a fondo con el general Cordero y obtiene una propuesta: un permiso administrativo por 60 días, con un propósito decoroso: digamos, el estudio de un plan de modernización, encargado por el propio Ejecutivo.

Pero en la primera semana de mayo, Pérez Yoma recibe la información de que, concluyendo sus vacaciones, Stange retornará sin completar su permiso administrativo, que ya está cursado. El lunes 9 lo recibe para volver a discutir el asunto. Y, otra vez en tono duro, el ministro le propone llegar a un compromiso para que se retire una vez que concluyan el proceso y los permisos especiales. Sin el argumento de la defensa de su honor, Stange declara que debe pensarlo. Y el martes 10 Pérez Yoma recibe un oficio que le informa que el general director reasumirá el mando el día 17.

El ministro estalla en cólera.

Pero para entonces, el gobierno sabe que en la cúpula policial se han quebrado las confianzas. Durante la ausencia de Stange, Cordero ha dado ostensibles señales de ejercer el mando en plenitud y ha mantenido un diálogo asiduo con el gobierno. A medida que le han dicho que Cordero parece aspirar a reemplazarlo, Stange se ha preocupado de subrayar que no ha delegado sus facultades; pero desde la distancia es difícil controlar la situación. De modo que el regreso anticipado parece menos un desafío al gobierno que un esfuerzo por frenar a sus subordinados.

A su turno, los carabineros han percibido que también el gobierno está embarcado en una disputa intestina por el manejo de la crisis. La semana anterior, el ministro Correa ha recibido del director de Seguridad, Isidro Solís, la versión de que el general Juan Salinas, muy cercano a Stange, puede proponer una negociación. Correa ha planteado el tema al Presidente, pero éste no le ha respondido nada y más tarde el ministro del Interior ha sabido que el ministro de Defensa sigue a cargo del conflicto. La falta de definición ha llevado a Correa a redactar una renuncia que se propone llevar un sábado a Cerro Castillo, donde el Presidente pasa el fin de semana. Pero lo ha detenido la opinión de Ricardo Solari: si renuncia ahora, tendrá que explicar por qué. Y no puede hacer tal cosa en medio de una crisis.

Correa se resigna y en la semana del 9 de mayo recibe de Solís la propuesta del general Salinas: Stange esperará la resolución final del juez y renunciará seis meses después, con todos los honores del caso.

El viernes 13, la gestión de Correa llega a oídos de Genaro Arriagada, que propone reunirse de urgencia, esa misma noche, en casa de Pérez Yoma, con Correa. Y allí, a gritos, descalifica la operación:

—¡Movidas paralelas! ¡Y con generales de tercer orden! ¡Están poniendo en peligro al Presidente! ¡Esto debe cesar de inmediato!

Correa entiende que la violenta embestida de Arriagada echa a pique el intento. La conexión Solís queda desactivada. Y con ella, el retiro pactado.

El lunes 16, antes de que se consume el anunciado regreso al mando, Pérez Yoma se reúne nuevamente con Stange. No puede volver, le dice, porque su permiso no ha sido anulado. Si quiere hacerlo a la fuerza tendrá un conflicto administrativo. Debe salir, y ahora las facultades que delegue deben quedar por escrito, para que no se repitan las desavenencias de los últimos días. El general quiere estudiarlo con sus asesores.

Pero el ministro, que ya ha aprendido a leer estas dilaciones, le advierte que no terminará la reunión sin que se haya zanjado el asunto de las facultades. Fouillioux y el general Pecci las pueden estudiar. Y mientras los dos funcionarios se dan a esa tarea, el propio Stange se integra para supervigilar lo que Pecci está cediendo. Esa noche queda redactado el decreto de subrogación que confiere a Cordero 10 de las 17 facultades privativas del general director.

Al día siguiente, el jefe de Comunicaciones Sociales de Carabineros, el mayor Camilo Salinas, filtra a la radio Chilena la versión de que Stange reasumirá en plenitud cuando regrese del permiso. En La Moneda hay un estallido de ira; la fuente es identificada en cosa de minutos. Fouillioux recibe la orden de pedir medidas severas al general Stange.

Y cuando está hablando con él, suena el teléfono presidencial: Frei exige que el mayor Salinas sea removido de su cargo. Fouillioux transmite el enojo del Presidente palabra por palabra, y Stange responde que Salinas dejará el cargo mañana, y muy pronto la institución. Sólo cumplirá lo primero.

A comienzos de junio, el ministro de la Corte Marcial declara que no hay fundamentos para procesar a Stange. A petición del propio mando de la policía, la investigación de la justicia militar ha sido llevada por un juez civil. Claro que se trata del ministro Alfredo Pfeiffer, bien conocido en la comunidad alemana que ha defendido a Stange.

El 17 de junio, de regreso en Santiago, visita a Pérez Yoma para entregarle el primer borrador del plan de modernización, un grueso volumen que el ministro deja a un lado sin casi mirarlo. Lo que le importa es otra cosa: como todavía hay recursos pendientes tras el fallo de Pfeiffer, el permiso debe continuar.

Stange está de acuerdo. Pero unos días después pide una nueva audiencia con el ministro. Carabineros ha escuchado que el gobierno estudia un incremento de remuneraciones para los uniformados y el general quiere asegurarse de que el ministro conozca sus necesidades en direc­to. Pérez Yoma la pasa a Fouillioux y mira a Stange con extrañeza:

—General —le dice—, ¿le pedí yo esto?

—No, ministro, pero como estamos hablando del plan de modernización...

—¡Qué plan de modernización! Me importa un bledo esa huevada, lo que me importa es que usted se vaya. ¿Lo entiende? ¿Con cuántas neuronas funciona usted, general? Y ahora me trae una propuesta de aumento de sueldos, que no-le-he-pe-di-do: ¿se imagina lo que voy a hacer con ella?

La crudeza del ministro carga de tensión el ambiente. Stange, que no quiere perder la compostura ni la educación de que se enorgullece, contesta algunas formalidades y se va.

—Lo voy a volver loco —se agita el ministro—, juro que lo voy a volver loco.

El 18 de julio Stange regresa al mando y entrega la versión final del plan de modernización, redactada por una comisión que ha encabezado el general (R) Núñez, marginando por completo a Cordero. El plan queda arrumbado en Defensa y el gobierno se las arregla para filtrar a la prensa que el general director sigue en su cargo sin la confianza del Presidente. Frei aprueba esa estrategia; ya ha hecho plenamente suya la tesis dominante en el equipo político: a derrota política, victoria moral.

Las señales se despliegan de inmediato. Un día después se rechaza el permiso para que Stange concurra a una reunión en Lima de la Organización Internacional de la Policía Uniformada. En pocas semanas se rechaza también la petición de fondos para que Carabineros sea el anfitrión de un Congreso Mundial de policías, en octubre. Pérez Yoma deja de asistir a todas las ceremonias de Carabineros.

El 31 de agosto la Corte Suprema sobresee definitivamente a Stange. Sólo entonces modera el ministro de Defensa su trato hacia el general. En septiembre visita las escuelas de Suboficiales y de Carabineros, invita a los generales a un almuerzo y aprueba los ascensos de oficiales subalternos. Pérez Yoma tiene una razón adicional para su nuevo enfoque: ya sabe que habrá cambio de gabinete y que con Figueroa en Interior podrá afinar una estrategia de pinzas contra el jefe policial. Por eso también se anticipa a autorizar un viaje futuro de Stange a Egipto y plantea que, ya sin urgencia y ante sus recientes quebrantos de salud —arritmia, hipertensión, una operación a la próstata—, se retire en 1995, tal vez en abril, para el aniversario de la institución.

Cuando en octubre el general lleva la propuesta del nuevo alto mando, que incluye los retiros de Cordero y Ugarte, Pérez Yoma está preparado.

—No, general —le dice—, tal como han estado las cosas, lo mejor es que usted siga con su mando tal como está.

Stange vacila, pero le parece razonable. El anuncio, a fin de año, tiene un efecto devastador: mientras los generales se sienten respaldados, los coroneles ven brutalmente frenadas sus carreras por un mando objetado.

En febrero de 1995, tras retornar de su viaje a Egipto, Stange comienza a analizar la fecha de su retiro con la asesoría del general Pecci. Varias reuniones con Pérez Yoma acercan los criterios, aunque en todas ellas el general deja siempre pendiente la respuesta final.

A comienzos de marzo, en el avión que lo trae de regreso de otro viaje, esta vez a El Salvador, Stange les comenta a dos empresarios que podría retirarse el 27 de abril, la fecha propuesta por Pérez Yoma. La noticia se filtra rápidamente a la prensa.

Y el 23 de marzo el general llega a la oficina de Pérez Yoma con semblante pesaroso: ante las versiones que se están publicando, no puede irse en la fecha planteada, porque otra vez parecerá que lo están echando. Pero el ministro, que ya conoce en detalle el origen de los rumores, está decidido a no darle tregua. Si quiere corremos la fecha, general, pero usted me firma ahora su renuncia, en blanco. Stange protesta por la exigencia: querría hablar con el Presidente, para explicarle... Cómo no, general, pero no hay audiencia sin este papel firmado. El ministro le extiende un oficio sin fecha. Stange guarda silencio. Parece sorprendido.

—Me gustaría llevármelo. Necesitaría pensarlo...

—Ah, no. No otra vez. Usted no sale de esta oficina mientras no firme —corta Pérez Yoma.

Tras un largo forcejeo, Stange accede a firmar para que el documento sea entregado al Presidente, que lo recibe como el trofeo más valioso de su ministro de Defensa.

En el acuerdo, sin embargo, parece implícito que Stange podrá pedir aplazamientos razonables. Tras el primero —el del 27 de abril— parece posible que se realice el 2 de agosto, cuando cumple 10 años al mando. Pero como esta versión se desliza una vez más a la prensa, hay un segundo aplazamiento, por tres meses más: de ese modo podrá presidir el Congreso Mundial de policías, que ahora sí se realizará en Santiago, en los primeros días de octubre. Aprovechará esa ocasión para un último desplante ante la prensa: la fecha de su dimisión, declara, la decidirá por sí mismo.

Concluido el Congreso, el 7 de octubre, Stange anuncia el retiro en una ceremonia oficial. El 14 entrega el mando al general Cordero, que será acompañado por el general Ugarte como nuevo subdirector.

Un año más tarde, el general (R) completará los sondeos para postular como candidato al Senado por la Décima Región en la lista de la UDI. Mientras esté en ello, el general director Cordero se encargará de remover del alto mando a todos los hombres que más respaldaron a Stange en sus 18 meses de resistencia a la voluntad presidencial. En menos de dos años no quedará ninguno.
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2015.08.23 20:34 tomasmorales Incremento de la masa monetaria: un monopolio de los bancos centrales

INCREMENTO DE LA MASA MONETARIA:
BANCOS 3 de 5
Este artículo es una especie de continuación de los que he publicado en los dos últimos días. Hoy quiero hablar de la impunidad con la que los bancos son capaces de crear moneda de la nada, billetes de curso legal sin ningún respaldo (lo más parecido a los billetes falsos, pero impresos en papel de curso legal), consiguiendo un incremento de la masa monetaria cuando quieren (o cuando el gobierno se lo pide), provocando el desplome del valor de la moneda en circulación y acabando así con el poder adquisitivo y con el valor de lo ahorrado.
Incremento de la masa monetaria: El origen del privilegio bancario Todo se remonta a 1910, a una reunión secreta entre los banqueros de la época que tuvo lugar en Jekyll Island. Allí se urdió la legislación que crearía la Reserva Federal.
Incremento de la masa monetaria: Un poder monopolístico reservado a los bancos centrales.
Los bancos centrales actúan como verdaderos cárteles asociados con sus respectivos gobiernos de los países en los que actúan. Se les ha otorgado un poder monopolístico sobre la creación de moneda; un poder que recibieron de los políticos, a cambio de que, cuando estos (los políticos) lo necesitaran, los banqueros crearan dinero de la nada. No hace mucho, concretamente a partir del año 2008 se ha hecho la mayor impresión de dinero «falso» carente de todo respaldo, para manipular la economía.
Una de las cosas que llaman la atención es que, a cualquiera que se le pregunte por la Reserva Federal de EE.UU., afirmará que forma parte del Gobierno, cuando la verdad es que es una entidad privada. Basta con hojear la guía de teléfonos de Washington DC: En las páginas azules gubernamentales no hay ninguna mención. Solo aparece en las páginas blancas, junto con las empresas y usuarios privados.
La Reserva Federal se creó en 1913, solo tres años después de la reunión de los banqueros, y el mismo año en que nació el Servicio de Impuestos Internos (¿Hacienda?) y el pago de la renta.
Palabras de Alan Greenspan al ser preguntado por la relación entre el presidente de los EE.UU. y el de la Reserva Federal:
«Debemos dejar claro que la Reserva Federal es una agencia independiente; eso significa básicamente, que no existe ninguna otra agencia del Gobierno que pueda anular las acciones que emprendemos»
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Geografía turística Cumbre de G20 promete ser “difícil” por sus complejos temas en agenda El Politico en el Barrio Titirimundaty López Obrador ya está en Washington DC: así será la agenda de la reunión que tendrá con Trump NECESITO LA CUARTA TEMPORADA DE OVERLORD Y VOSOTROS TAMBIÉN PICO ORIZABA  El PICO de ORIZABA Veracruz - Mexico - YouTube DemocraciaTv: E El Templo de Lucifer  Miscelánea - YouTube Equipo Político de la sección 32

Presidente DC tras primera reunión con FA: 'Tenemos puntos ...

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